sábado, 18 de junio de 2016

EL PODER DE UN BESO

      
     Por probar, este relato ficticio lo envié al concurso de relatos escritos por personas mayores de la obra social de "la caixa", pero sin suerte. Otra vez será. De todas maneras, aquí lo tenéis para que lo leáis y, si os apetece, darme vuestra opinión sobre él. Como seréis muy complacientes, seguro que me diréis que el jurado de este concurso no ha sabido premiar a quien se lo merece.
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     ¿Quién no recuerda a lo largo de su vida, esa persona que por primera vez te causaba cierto hormigueo en el estómago cuando llegabas a verla y más si te acercabas a ella?  Pues bien, a mí todavía me resulta muy fácil poner cara y ojos a esa muchacha dulce, atractiva y encantadora por la que mi corazón latía con más fuerza solo con notar su presencia.

     ¿Qué si me gustaba Fátima? ¡Joder…! Pues claro que me gustaba. A mí, a todos mis amigos y a todo hijo de vecino que la viera. Estaba para comérsela: en pequeñas dosis o de un solo bocado. ¿Y cómo veía yo el poder ser el primero que le hincara el diente? Mal, muy mal. No estaba hecha la miel para la boca del asno. Se encontraba fuera de mi alcance y eso que vivía dos pisos por debajo del mío. Podía decirse que no tenía la planta necesaria para poder abordar a semejante belleza, pero no era el caso. El problema, no era ni más ni menos que Fátima picaba muy alto. Tan alto, que llegaba hasta el ático del edificio más emblemático del barrio. En él vivía Lucio, el hijo del dueño de ese inmueble y de bastantes más. ¿Quién podía competir con ese jodido gilipollas al que la bella y pretenciosa Fátima había puesto el ojo?

     Y es que lo tenía difícil si quería llevarme el gato al agua. Además, ese chulo de mierda, se vanagloriaba que tenía a Fátima en el bote, cuando ni siquiera había conseguido tocarla un dedo. Lo sabía yo y lo sabían todos mis amigos que para eso teníamos nuestras fuentes de información. La mejor de todas, la hermana gemela de uno de ellos. No se privaba de contar a su hermano todos los gustos y desvelos de sus amigas, entre ellas mi adorada Fátima. “Que si a Menchu le gustaba Raúl, que si Mari bebía los vientos por Miguel, que si Charo estaba loquita por Vicente…” ¿Y quién era el afortunado que estaba en el pensamiento de Fátima? Desde luego, no era yo. La suerte recaía en ese memo de Lucio. Y sí, no podía tener otro calificativo ese botarate. Mucha fachada y mucha chulería, pero nulo de intelecto. Se puede pensar que no era muy imparcial en catalogarlo y era la envidia la que me llevaba a etiquetarlo así. Aunque algo de eso había, no por ello dejaba de ser memo. A las pruebas me remito: por dos veces había tenido que repetir curso a lo largo del bachillerato y no sabía cómo podía estar compartiendo conmigo 2º curso de Bachiller Superior. Aunque no era mucho de extrañar; en algo tenía que valer la influencia de su padre con el profesorado y el deseo de que su hijo no saliera del instituto sin obtener la máxima titulación.

     Claro, que memo dejaba de serlo al salir de clase. Se convertía en el rey del mambo. Como moscardones tras la rica miel, acudían a él todos sus amigotes. No era para menos. Don dinero es muy poderoso y el simplón de Lucio lo tenía y lo hacía notar. Entre otras cosas, se podía permitir el lujo de organizar guateques y merendolas en una amplia terraza de su domicilio. Debía ser muy gratificante el piscolabis que obsequiaba, tanto a chicos como a chicas, y el poder escuchar, en ese ambiente, a los Beatles, los Brincos, los Sirex… y, cómo no, bailar al ritmo del twist o la Yenka; baile en boga en ese año de 1965. Digo debía ser gratificante, porque como os podéis imaginar, yo no estaba invitado a esas reuniones. No se podía decir que entre Lucio y yo hubiera buena armonía. Nos separaba un abismo y más sabiendo que las preferencias de Fátima estaban en su persona y no en la mía.

     Una tarde, saliendo de clase, me encaminé a reunirme con mis amigos, pero alguien se interpuso en mi camino. ¿Podéis imaginaros quién? Nada más y nada menos que Fátima y requería algo de mí. Raro…, raro… Pocas veces, por no decir ninguna, me había dirigido la palabra de forma tan directa y además, regalándome una bella sonrisa. ¿Qué quería para mostrarse tan amable?: ni más ni menos que formara parte de los actores que iban a representar una obra de teatro a final de curso. Los de la rama de letras, yo era de ciencias, habían formado un grupo para llevar a cabo un guion escrito por el profesor de literatura y necesitaban alguien en particular. Se trataba de una obra, tipo comedia, donde se representaba alguna de las andanzas del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. ¿Y qué les faltaba para recurrir a mí? El profesor había sugerido que debía encarnar ese papel un chico alto y delgado, y uno de los que reunía esas cualidades era yo. ¿Y en quién puso los ojos Fátima?, en el larguirucho y famélico vecino del cuarto. Acepté, claro que acepté y más sabiendo que el papel de la bella Dulcinea había recaído en ella. En quién si no.

     Me encontraba en una nube. Era yo y no otro el que iba a ser, aunque fuera en una obra de teatro, su amantísimo y valeroso hidalgo. El corazón se me iba a salir del pecho, pero claro, no podía ser otro que el memo de Lucio quien amargara mi gozo. Había visto mi animosa conversación mantenida con Fátima y enseguida se acercó a mí, arropado con esa cuadrilla de simplones amigotes, para dirigirme la palabra.

     -Tú, tipo listo –me dijo de forma chulesca-, no te hagas ilusiones y apuéstate lo que quieras a ver quien es el primero de los dos que llega a besarla.

     Le hubiera dado con gusto un mamporro, pero no tenía por qué medir mis fuerzas con él. Además, esos dos años que me pasaba en edad, se notaba. No en altura porque yo era más alto que él, pero mi delgadez era mucho más acusada y no se podía decir que saliera muy bien parado si llegáramos a las manos. Por si fuera poco, tenía alrededor a su panda. Me conformé con decirle de forma altiva:

     -¡Ya veremos!

     Una risotada es lo que produjo en Lucio mis palabras, pero ahí lo dejé. No merecía la pena gastar más tiempo con ese merluzo. Lo que me extrañaba era por qué sabía o intuía que yo estaba interesado por Fátima. ¿Tanto se me notaba? Nadie era conocedor de mi gusto por ella, pero pensándolo bien, era fácil que Lucio dedujera que yo pudiera estar interesado. ¿Quién del instituto no lo estaba?

      Ese “ya veremos” que dije a Lucio, no sabía por qué se me había ocurrido, pero me salió de dentro. ¿Qué se creía ese mequetrefe? Si a él y a sus padres les sobraba dinero para obtener lo que se les antojase, a mí me sobraba ingenio para desbaratar sus planes. Bueno, más bien los planes del hijo. A más no podían llegar mis propósitos. Algo se me ocurriría. Y tenía que ser pronto. Para todos que oyeron mis palabras, sonaron como una aceptación a su fanfarrona apuesta.

     Por de pronto, fui aceptado para el papel de don Quijote y de momento, formaba pareja con la dulce Dulcinea. La obra, en efecto, era una versión muy libre de las andanzas y desventuras de don Quijote. El profesor de literatura, además de ser el autor, se encargó de la dirección e hizo que no se extendiera demasiado en el tiempo. En cuarenta y cinco minutos quedaba finiquitada. Tampoco era muy compleja. Los textos eran sencillos y fáciles de memorizar. Lo más importante quedaba para el final. Dulcinea, tras ser rescatada de un villano por el intrépido y valeroso don Quijote, se acerca hacia él, y diciéndole: “¡Eres mi adorable hidalgo!”, le debe propinar un cálido y dulce beso.

     ¡Cómo esperaba poder ensayar ese final! Pero para nada recibí en los ensayos de la obra, ese cálido y dulce beso. Fátima aludió que no era necesario; me lo daría el día de la representación. Por si acaso me hacía ilusiones, matizó que sería en la mejilla.

     Eran otros tiempos. Si era difícil conseguir que una chica aceptase tu mano cuando te atrevías a tocársela en el cine, aprovechando la oscuridad, qué decir para obtener de ella un beso. ¿Quién lo lograba? Yo no entraba en esos. Tampoco lo había intentado ni me había surgido la ocasión. A lo sumo, puedo decir a mi favor que en mi primer intento de tocar la mano de una chica en el cine, no hubo rechazo. Lástima que no fuera la de Fátima.    

     Llegó el día esperado de la representación. Pocos minutos faltaban para salir a escena y los nervios de los actores estaban a flor de piel. Yo también tenía los míos, pero mi pensamiento se centraba en el final de la obra. Puedo decir que mis compañeros cumplieron bien con el papel encomendado y si hubo algún fallo no fue advertido por el público presente. Público, que llenaba por completo el salón de actos del instituto.

     ¿Y yo cómo me desenvolví? Bien, creo, pero a medida que se acercaba el final, me entraba un desasosiego que no lo podía aguantar. ¿Me atrevería a poner en práctica lo que tenía pensado? Y me atreví. ¡Vaya si me atreví! Tras las palabras de Dulcinea al intrépido y valeroso don Quijote, llegaba el momento cumbre: dar a su salvador ese cálido y dulce beso. Y ahí estaba yo, esperando que Dulcinea se alzara un poco para llegar su boca a la altura de mi mejilla y darme ese beso.

     ¡Prodigioso…! En lugar de recibir mi mejilla ese cálido y dulce beso, fue mi boca quien lo recibió. ¿Fue Fátima la que en un momento de euforia decidió cambiar el rumbo de su beso? Nada de eso. El giro repentino que hice dar a mi cara, fue el motivo para que sus labios se posaran en los míos. La sorpresa de Fátima fue mayúscula. Tardó en reaccionar, y mejor que no lo hubiera hecho, porque la bofetada que me arreó fue de aúpa. Salvo los intérpretes de la obra, nadie de los asistentes al acto vio el tremendo bofetón que recibí. El cierre del telón, por parte del director, fue muy oportuno. Eso sí, el público de las primeras filas bien pudo escuchar el claro sonido del formidable sopapo.

      Dolió, claro que dolió recibir semejante mamporro, pero la satisfacción de haber logrado mi propósito era tan grande, que paliaba totalmente ese dolor. Nadie podía decir que Fátima no se había besado con Pablo. Luego vendría si fue en contra de su voluntad o no, pero el hecho ahí quedaba. ¿Qué cara se le puso al simplón y memo de Lucio? Lo podéis imaginar. Él y los simplones amigotes, formaban parte del público presente y, como todos, pudieron ver la unión de los labios de Fátima con los míos. Además, el público se lo pasó pipa con la obra, prueba de ello, los aplausos y aclamaciones que recibimos obligándonos a salir de nuevo al escenario para saludar. Algún gracioso aprovechó para vociferar: ¡Que se besen otra vez Dulcinea y el Quijote! Para besos estaba Dulcinea. Si en esos momentos hubiera tenido en sus manos la espada del villano que la secuestró, seguro que me hubiera atravesado con ella.

     No me arrepentí, y sigo sin arrepentirme de haber osado ese día en poner mis labios en los de Fátima.
                                                       
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      -¡Pablo, cariño! ¿Puedes dejar el ordenador y venir a la mesa?
     Es la voz de Fátima que requiere mi presencia en el comedor. Hoy nuestros nietos comparten nuestra mesa.     
                                                      
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