martes, 17 de octubre de 2017

MI CUÑADA

     

       Tenía a esa mujer por primera vez en mis brazos y sentía como si una carga eléctrica me recorriese todo el cuerpo y es que era una mujer que le quitaba a uno el hipo de forma instantánea. Si hace unos pocos años estaba soberbia, el paso del tiempo no le había perjudicado en nada y se podía decir, al igual que los vinos buenos, con los años había mejorado su bouquet.      
     ¿Quién era esa mujer? Debería  rememorar a mis tiempos en la universidad cuando conocí a esa belleza. A pesar de no ser alumna de la misma facultad, no por ello pasó desapercibida a mis ojos. A mis ojos y los de todo el campus universitario. Para haceros una idea de cómo era, os diría que cada uno piense en esa chica que os deslumbra solo con percibir su figura. Bien, pues así era esa mujer. Todos babeando alrededor de ella y yo no era distinto. Me incluía en el lote y además de los de querer estar en primera fila.
     Algo tenía que hacer para llamar su atención y en principio parecía que no me iba a ser difícil. Tenía la suerte, por llamarla así, de contar con Germán para poder acercarme a ella. Daba la circunstancia que la chica era amiga de su hermana y eso podía facilitar nuestra conexión. Y así fue. La llegué a conocer y conseguí hablar con ella en más de una ocasión. La verdad es que me pareció ver entre nosotros cierta sintonía y mostrarse a gusto con mi presencia, pero no está hecha la miel para la boca del asno. A tal hembra le tenía que corresponder un gran macho y este no podía que ser otro que Germán.
     Germán era amigo desde que éramos chicos y no es que comulgara mucho con él, por su arrogancia, engreimiento y chulería, pero no cabía duda que era un bello ejemplar masculino, además, se lo tenía pero que muy creído. Si le aguantaba era porque a mí me iba bien. Las chicas pululaban alrededor de él y eso me beneficiaba. Alguna por despecho o desilusionada, se refugiaba en mis brazos. Consolar a la chica desengañada o no aceptada por el presuntuoso de Germán, era mi especialidad. Mi estudiado juego de palabras, era el arma que utilizaba para aliviar su pena y algún que otro “agradecimiento” recibía.
     Pues bien, hice valerme de Germán para a través de su hermana tomar contacto con esa joven deslumbrante, de nombre Lidia, y ese fue mi gran error. No esperaba que Germán se encaprichara de ella y ante semejante contrincante la batalla la tenía perdida, a no ser que fuera para él un capricho pasajero, pero no fue así. Sé que fui un cobarde por no pelear para conseguir que fuera yo el elegido, pero creí que sería una estupidez luchar contra ese atrayente macho. Me resigné a no perder de vista a esa mujer que tanto me atraía, haciendo de pareja con su hermana. Una chica que no estaba nada mal, pero que al igual que yo en físico distaba del bello Germán, a Lorena, nombre de su hermana, le pasaba otro tanto con Lidia. Pues bien, el caso fue que Germán contrajo matrimonio con Lidia y a esa boda se unió la mía con Lorena. Y esa es la única relación que tenemos entre Lidia y yo. Somos cuñados.
     Antes de proseguir donde he iniciado el relato, debo decir que no veía a Lidia con la asiduidad que me hubiera gustado. Vivíamos en ciudades distintas y nuestros encuentros se limitan a las reuniones familiares que se realizaban en una casa se campo que poseen los padres de Lorena y Germán. Puedo decir que limitarme a contemplar a Lidia en ese lugar no lo llevaba nada bien. A pesar que iban pasando los años, esa mujer seguía ejerciendo en mí una atracción diabólica, pero no pasaba de eso.
     Si que debo decir que siempre me ha parecido ver en Lidia cierta veneración hacia mi persona, pero lo he atribuido más que nada a un sentimiento de envidia por el trato educado, amigable y desenfadado en el que nos desenvolvíamos mi hija y yo. Una relación completamente distinta a la que tenía su marido para con su hijo. Un niño mal criado que de seguir así se convertiría en un autentico Germán II. Chulesco, altivo y engreído como su padre.  
     Creo que a Lidia le exasperaba ver el comportamiento tan diferente de ambos niños. Al parecer, todo su esfuerzo por educar a su hijo correctamente, se veía truncado ante la conducta tolerante de Germán. Por lo que veía, estando en esas reuniones familiares, el proceder de niño, estando su padre presente, distaba mucho de ser el más adecuado. Lo triste era ver a Germán como consentía e incluso aplaudía su deplorable conducta. 
     Quizás era en esto en lo único que compadecía a Lidia, porque pensar que no era yo quien la poseía y quien podía gozar de ella era el macho berzotas de Germán, me corrompía por dentro. Y no es que estuviera a dieta con mi mujer, pero lo que sentía por Lidia era muy fuerte y más cuando la veía ante mí.
     Pero volvamos al inicio de la narración donde he comenzado diciendo que estaba abrazado a Lidia.
     Como todos los veranos, fuimos a pasar unos días a la casa de campo de mis suegros, tanto Germán con su mujer y su hijo, como Lorena, nuestra niña y yo. Los días pasaban de forma tranquila y casi todo el día lo dedicaba para estar junto a mi pequeña. Era lo único que me hacía olvidar esa enajenación mental en torno a Lidia. Alguna que otra noche, no muchas, dejábamos a los niños al cuidado de los suegros y  nos íbamos los dos matrimonios a cenar a un hotel cercano donde incluían un animado baile para acabar la velada.
     Pues bien, llegó una de esas noches y nos dispusimos a salir los cuatro, pero Lorena dijo encontrarse algo indispuesta y prefirió quedarse en casa, pero no por eso dejó de animarnos para que fuéramos los tres. Yo desistí de acompañar a Lidia y Germán, pero Lorena insistió que fuera con ellos a lo que al final accedí.
     La cena trascurrió como era habitual en todas las tertulias y reuniones familiares a las que asistía Germán. Su ego le hacía ser el centro de la conversación y con esa verborrea que me resultaba de lo más cargante y tediosa, nos deleitó toda la cena.
     Parecía mentira que fuese yo el único de toda esa familia al que no le resultase agradable y divertido el macho Germán, pero es que salvo sus reconocidas cualidades físicas, no dejaba de ser un besugo. Todo lo que salía de su garganta no era otra cosa que autentica bazofia, aparte de otros comportamientos que al parecer solo yo sabía. Quizás mi visión de tal individuo era bastante sesgada. Tenía a su alcance algo que yo no poseía ni podía llegar a conseguir. Nada más y nada menos que a la escultural Lidia.
     La velada iba trascurriendo más o menos en esos términos que he aludido hasta que al llegar a los postres. Germán dijo de haber visto a un cliente importante y disculpándose, nos dejó diciendo que iba a saludar a esa persona. Le seguimos con la mirada y vimos como se detuvo ante una mesa en la que se encontraba sentada una mujer. Estaba sola y me pareció bastante explosiva.
     Tanto Lidia como yo, nos dimos cuenta de la familiaridad con que Germán trataba a ese cliente tan importante y yo para restarle importancia dije sonriendo:
     -Que suerte la de Germán. Me gustaría tener a mí uno de esos clientes.
   -No digas tonterías Joaquín. Esa mujer no es ningún cliente.
     Lo dijo muy seriamente y me pareció que además se le irritaban sus preciosos ojos verdes.
     -¿Quién es? –pregunté.
     -Es igual quien sea. Esos dos no me van amargar la noche.
     Note en las palabras de Lidia cierto desprecio y por lo que intuí, no era yo el único que creía conocer los tejemanejes extraconyugales del engreído Germán, con  lo que me atreví a decirle:
     -Oye, Lidia, ya se que no es de mi incumbencia y perdona si me meto donde no me importa, pero creo que tengo la suficiente amistad contigo para hacerte esta pregunta: ¿hay alguna desavenencia entre vosotros? 
     Se quedó mirándome fijamente hasta que al final me dijo:
    -No me gusta dar explicaciones sobre como nos llevamos Germán y yo, pero te considero algo más que un amigo y no me importa decírtelo: claro que hay desavenencias, como las puede haber en cualquier matrimonio, pero hay algo más que me cuesta digerir y no es nada más y nada menos que el haberme casado con el hombre mas egoísta, fatuo y egocéntrico del mundo. ¿Te respondo a tu pregunta?
     Me quedé de piedra. Si me pinchan no me sacan ni una gota de sangre. No me podía creer lo que oía. Hasta ese momento creía ser el único que tenía ese criterio sobre Germán, pero veía que no. No dejaba de sorprenderme, ya que para su familia era un autentico semidiós. Todos le reían o le aplaudían sus gracias y como no, le galardonaban todas sus estupideces. Pero me equivocaba. La persona que más vinculada estaba a él, por lo visto no le agradaba en absoluto su forma de ser.
     Tomamos el postre en completo silencio. Comenzaron a escucharse ritmos bailables y eso ayudó a romper  nuestro mutismo. Fue Lidia con su pregunta, la que dio por finalizado ese enmudecimiento: 
     -¿Te apetece que bailemos?
     -Y aquí estoy, en mitad de la pista estrechando entre mis brazos a esa mujer tan descaradamente atractiva, y me deje llevar. Nuestros cuerpos enlazados, se aproximaban más y más hasta tener sus tersos pechos rozando mi cuerpo. Mi mirada buscaba la mesa donde debiera encontrarse Germán, pero no observé su presencia, ni se le veía por ninguna parte. Eso me envalentonó y salvo el pequeño descanso que entre pieza y pieza se tomaba la orquesta, seguimos bailando estrechamente enlazados sin notar en Lidia ninguna mención de librarse de esta unión, ni tan siquiera cuando nuestras mejillas llegaron a rozarse.
     Yo alucinaba. Fueron unos momentos que jamás hubiera imaginado poder vivirlos. Pude disfrutar de su atrayente figura durante tres piezas musicales. Un ritmo más acorde para bailar suelto puso fin a nuestro acoplamiento. No continuamos, y con ello concluyo esa unión tan placentera con ese pedazo de mujer.  Por si faltaba algo para culminar tal deleite, este se dio apenas terminamos de bailar. Lidia me tomó las manos y mirándome fijamente a los ojos se acercó a mí y ante mi sorpresa, me propinó un beso en plena boca, diciendo:
     -Gracias Joaquín. Me he encontrado muy a gusto bailando contigo.
     No sabía que decirle. Oír de sus labios el sentirse a gusto conmigo era ya de por si algo sorprendente, pero propinarme ese beso… ¿Qué le podía decir? Nada, no le pude decir absolutamente nada. Al ir acercándonos a nuestra mesa, sorpresa. En ella vimos que se encontraba mi mujer. Se había repuesto de su indisposición y se había acercado al hotel con nuestro coche, al no poderse quedar dormida.
     No nos dijo el tiempo que llevaba sentada y se limitó a preguntar por su hermano. Lidia no dijo nada y yo no sabía que decirle. Estaba completamente desconcertado ante su presencia y más después de sentir en mi boca los labios de Lidia, pero la divina providencia me salvó. Apareció Germán y con su peculiar desparpajo hizo que esos momentos de tensión desaparecieran. Germán nos contó una sarta de mentiras sobre su “peculiar cliente” y salvo Lorena, no creí que Lidia llegara a tragarse ninguno de sus embustes.
     Regresamos a casa de mis suegros y de alguna manera agradecí que Lorena permaneciera en silencio todo el camino. Yo estaba más que concentrado en esos momentos vividos con Lidia, tanto, que al estar junto con Lorena en la cama, mis pensamientos seguían con ella. 
     Mi mente me transportaba a lugares idílicos en compañía de esa deslumbrante mujer. Fue la voz brusca de Lorena la que interrumpió este viaje.
     -Desearías que en lugar de estar yo en esta cama estuviera la mujer de mi hermano, ¿no?
     -¿Qué estás diciendo? –contesté perplejo.
   -Lo que oyes, o te crees que no os he visto lo acaramelados que estabais en el baile. Ya sabía yo que no os erais indiferentes. Os coméis con los ojos cuando os veis y habéis aprovechado a la más mínima para enroscaros como culebras.
     Más que sorprendente era lo que oía. Nunca hubiera imaginado que mi mujer viera en mis miradas hacia Lidia algo lascivo, pero si sorprendente era eso, más me asombró que viera en Lidia ese  mismo síntoma o algo similar 
     No sabía como salir de ese entuerto e intenté echar balones fuera.
    -Si nos has visto bailar juntos es por culpa de tu hermano. Bien que nos ha dejado solos mientras el iba en busca de algo muy particular.
     -¡Deja en paz a mi hermano!
    ¡Vaya!, no era buena idea meter a su hermano en la trifulca. No me acordaba que lo tenían endiosado y no veía en él nada más que un ser admirable, digno de los mayores elogios. Toda la familia se había puesto una venda en los ojos y no querían ver el tipo que realmente era. No me dio tiempo a contestar a mi mujer porque ella continuó:
     -Ya sé que no ves con buenos ojos a mi hermano, pero no le llegas a él a la suela del zapato. Nunca aprovecharía la ausencia de su mujer para liarse con cualquiera.
     Eso no lo podía soportar. Compararme a mí con el gilipollas de su hermano era algo que rayaba la insensatez.
     -Mira, Lorena, aunque no os queráis dar cuenta tú y toda tu familia, Germán es un botarate y un cantamañanas. Esta noche, como te he dicho, no le ha importado dejarnos solos para ir en busca de una mujer que al parecer lo estaba esperando. Y en lo que respecta a Lidia y a mí, a pesar de lo que digas y pienses, nunca, repito, nunca, ha habido nada entre nosotros y no es por ganas, porque es una mujer como hay pocas.
     Estas últimas palabras me arrepentí al momento de decirlas, pero es que me salieron de muy adentro.
     Se acabó la conversación. Lorena me golpeó en el pecho y se echó a llorar. Aparte de ultimar esta conversación, se terminaron las vacaciones.
     A partir de ese día la convivencia que manteníamos entre Lorena y yo, iba de mal en peor. Solamente había una cosa que nos unía y era el amor a nuestra hija, pero veía que no podía durar esta situación mucho por bien de la niña.
     No quería que mi hija se hiciese mayor en un núcleo donde más que amor había una completa indiferencia. Las pocas horas que  Lorena y yo coincidíamos en casa, prácticamente no nos dirigíamos la palabra. Esto era algo que no pasaba desapercibido en la niña y le hacía mucho daño, así que comenzamos a plantearnos nuestra separación. Convinimos darnos un margen antes de comunicarlo a nuestros familiares, porque a pesar de nuestras desavenencias, siempre mantuvimos una compostura más o menos sensata. Nuestra ruptura debería quedar como dos personas que se separan por no llegarse a entenderse o a compenetrarse. Sobre todo, me interesaba que fuera así para no distanciarme en absoluto de mi pequeña.
     Estaba en ésta situación de llevar a término nuestra separación, cuando un buen día estando en el despacho de la agencia de publicidad que regentaba, recibí una llamada telefónica inesperada. Se trataba de Lidia. Se encontraba en nuestra ciudad y quería saludarme. Habían pasado varios meses desde que tuve la ocasión de tenerla en mis brazos y aunque su figura no se había separado de mi pensamiento, me sorprendió su llamada. Era la persona, que según Lorena había hundido nuestro matrimonio y no era buen momento para que nos vieran juntos. Más que nada, para evitar que mi mujer se enterase y utilizara ese encuentro para empeorar las cosas. Habíamos llegado a un acuerdo con unas condiciones aceptables para poder disfrutar de mi hija y no quería que se torciesen.
     “Joder”- me dije. En todos estos meses y años pasados no hubiera deseado otra cosa que oír su voz y más poder verla a solas, pero mira por donde me llamaba en esos momentos tan delicados. En mi devolución a su saludo no debí poner mucho entusiasmo ya que en sus siguientes palabras note en ella cierta desilusión. 
    -No quisiera llegar a molestarte, Joaquín. Te he llamado porque, aparte de querer saludarte, quisiera poder vernos. Tengo algo importante que comunicarte, pero no es para comentarlo por teléfono. Había pensado, si te iba bien, el poder vernos en un lugar discreto y hablar contigo. Ahora, si no puedes, lo comprenderé.
     ¿Qué era eso tan importante que me tenía que decir y además con tanto misterio? Lo de vernos en un lugar discreto, me animó para contestarle que me parecía bien reunirnos. Se acercaba la hora de comer y ella aceptó el hacerlo juntos. Solo faltaba decirle el restaurante donde poder encontrarnos y sabía cual era el más adecuado. Más de una vez había llamado a ese lugar para reservar mesa a alguno de mis clientes, sobre todo, cuando iban con alguna compañía y querían pasar inadvertidos.  El local disponía de mesas aisladas y no había ningún problema para asegurar la intimidad. Además, si alguno de esos clientes requería prolongar el ágape con algún otro postre fuera de la carta, disponía de aposentos muy adecuados para degustarlo. 
     No creía que mi encuentro con Lidia en ese restaurante diese para mucho más que comer juntos, pero servía, y mucho, si ambos queríamos ser discretos.
     Llegué al restaurante un poco antes de la hora que propuse a Lidia. Me indicaron cual era la mesa que teníamos asignada y su situación concordaba por completo para poder mantener nuestra privacidad. Por descontado también tenía asegurado, por parte del personal, el ser comedidos en el momento que llegase al local mi compañera de mesa y acercarla donde me encontraba. Tomé asiento y me dispuse a degustar el aperitivo que me ofrecieron. Un vino blanco Chardonnay, acompañado de una tapa de foie a la plancha sobre manzana caramelizada crujiente. Eso es lo que dijo el atento camarero al servírmelo.
     No tuve que esperar mucho. Lidia no tardó en presentarse a esa especie de reservado acompañada del mismo camarero que gentilmente me ofreció el aperitivo. Me levanté y después de darnos dos besos en las mejillas, la invité a sentarse. Indiqué al camarero que trajese para ella el mismo refrigerio pero Lidia rechazó la invitación diciendo que con algo de la carta tendría suficiente. No insistí y dejé que el camarero se retirase. Comenzamos a hablar de cosas triviales para después ofrecerle la carta y decirle que eligiera los platos que le apeteciesen. Su mirada se posó en la carta y aproveche para observar con detenimiento su hermoso rostro. Dejó el folleto sobre la mesa y en lugar de decirme que había elegido de menú, me miró con seriedad y soltó a bocajarro:
     -¡Me voy a divorciar!
     -¿Qué dices…? –respondí sorprendido. No se que esperaba oír referente a eso tan importante para no querer revelarlo por teléfono, pero esto no me lo esperaba.
    -Lo que oyes. Todavía no lo he hecho publico y tú eres el primero en saberlo. He querido aprovechar que he venido a esta ciudad para un asunto y decírtelo. Sobre todo para que sepas por mí el porqué de esta decisión. Quiero adelantarme a lo que puedas oír por boca de Germán o por el resto de su familia.
     -Por lo que me dijiste la última vez que nos vimos y por el comportamiento de Germán en esa noche, deduje que lo vuestro no iba demasiado bien, pero de ahí a divorciarte, no lo esperaba. Aunque si te soy sincero, no tiene porqué sorprenderme. Nunca he visto a Germán con el dechado de virtudes que su familia le otorga.
     -¿Virtudes…? –exclamó Lidia acompañada de una carcajada que hizo redondear sus  mejillas.
     Dejó de reír para continuar diciendo:
     -Mira Joaquín, ni tú, que lo conoces desde hace muchísimo tiempo sabes realmente como es Germán. La única virtud que ostenta, si se puede llamar virtud, es el amor que tiene a sí mismo. Es muy difícil encontrar a un individuo tan egocéntrico, egoísta, vanidoso y pedante.
     -Bueno, algo de eso ya me dijiste y no me llevé ninguna sorpresa –repuse a Lidia porque no me decía nada nuevo.
     -Pero es que hay más y eso no creo que sepas…
     El acercarse el camarero con prudencia a nuestra mesa, hizo callar a Lidia. Venía a tomar nota de los platos elegidos del menú o de la carta. Pregunté a Lidia si le apetecía algo en especial, pero me dijo que le era igual. Recalcó que no tenía mucho apetito y me pidió que yo eligiese. Entendí su inapetencia y sumándome a su desgana pedí para los dos algo ligero.
     Cuando se marchó el camarero Lidia permanecía en silencio con la cara entristecida. No dejé que ese momento se prolongase y le dije:
     -Me decías no saber yo ciertas cosas de Germán...
    -Pues claro –me dijo con rotundidad-. Ni él las sabe o no quiere saberlas. Germán no ve más allá de si mismo. Por decirte algo que me concierne, nunca ha mostrado interés ni le ha preocupado saber cuales son mis inquietudes o aspiraciones. 
     -Esto si me sorprende, Lidia. En su día creí verle muy interesado por ti y muy enamorado.
      Una mueca sarcástica salió de su rostro para decir:
    -¡Enamorado...! Enamorado de si mismo querrás decir. De mí solo se preocupó en nuestro tiempo de noviazgo. Para su ego era importante conseguir llevar al altar a una de las chicas más codiciadas de la facultad. Quedó como el gran vencedor. Por lo demás, lo único que ha buscado en mí ha sido satisfacerse el mismo. Y ya puesta a decirte algo más, te diré que enseguida queda satisfecho. Poco importa como queden los demás.    
     Eso si que era muy nuevo para mí, no sabía esa cualidad de Germán. Pensaba que sus conquistas, en su total entrega, quedaban por completo satisfechas. Mira por donde, simplemente era un picha floja que no daba para más. Solo servia para descargar su pronta y breve calentura.
     -¿Cómo no te has planteado divorciarte antes? –se lo pregunté porque no esperaba que una mujer como Lidia, por la que harían cola los hombres, en los que me incluía, para llegar a satisfacerla, pudiera soportar a un hombre que no le complaciese completamente.
     -Tiempo hace que me lo he planteado, pero me ha frenado mi hijo. El pensar que un tribunal me pudiera privar de tenerlo siempre a mi lado, no lo podría soportar. Sabes de la influencia que tiene su familia en ciertos sectores y no sé hasta que punto llegarían para apartarme de él. 
     Mira por donde era lo mismo que me pasaba a mí. Yo tampoco quería que mi separación con Lorena me llevase a desprenderme de mi hija. Así que le dije:
     -Y ahora, ¿qué te ha animado para pedir el divorcio?
    -¿Ahora? Ahora lo tengo agarrado de las pelotas y perdón por la expresión, pero es que tengo pruebas lo suficiente convincentes para que cualquier tribunal me conceda la plena custodia de mi hijo.
     -No te sigo –le dije.
    -Es muy fácil. Contraté un detective de esta ciudad para que siguiese a Germán y hoy he venido a recoger el informe. Tengo aquí toda la documentación, incluidas unas fotos lo suficiente comprometedoras, como para demandarlo –dijo señalando su bolso.
     -Así que tienes muy claro el separarte de Germán.
    -Así es, y espero que estas pruebas me ayuden en todo lo posible para agilizar los trámites. Ahora lo que necesito es ponerme en manos de un buen abogado experto en divorcios. Y me vas a perdonar por haberte importunado y hacerte venir aquí, pero necesito que me ayudes y me recomiendes alguien de confianza que me asesore. Sé que tu tienes contactos con buenos abogados.
     ¡Coño! No se que me esperaba oír en esta reunión, pero desde luego nada de lo que estaba oyendo. ¿Me sorprendía el que Lidia quisiera divorciarse de Germán?, no en cierto modo, pero no me lo esperaba. Bien, el caso era que mi adorable y preciosa contertulia precisaba de mi ayuda. ¿Se la iba a negar? Por supuesto que no. Germán, por razones obvias, en absoluto era santo de mi devoción. 
  Quedaron interrumpidos estos pensamientos al traernos los platos que habíamos requerido, pero nada más estar de nuevo los dos solos, le dije:
     -Puedes contar conmigo para lo que te sea necesario. La verdad es que sí conozco a alguien muy solvente en estas lides y con esas pruebas que dices tener, aunque no será fácil, puede que llegues a conseguir la total tutela de vuestro hijo. A mí también me gustaría  tener por entero la custodia de mi hija.
     Esta vez la sorprendida fui ella. Abrió por completo sus tremendos ojos verdes y con la boca medio abierta se quedo muda unos momentos, para después preguntarme:
     -¿Qué estás diciendo? ¿Os vais a separar Lorena y tú?
     -Bueno. Todavía no lo hemos hecho público, pero estamos en ello –le respondí
     -¡Vaya, vaya!, esto no lo esperaba de vosotros. 
     -Pues ya ves, no sois la única pareja de esta familia que quiere separarse.
     Tras estas palabras que salieron de mi boca, nos mantuvimos en silencio y nos enfrascamos en el plato que teníamos delante. El contenido tenía buena pinta, pero tanto a Lidia como a mí se nos   esfumó el poco apetito que debíamos tener, apenas los probamos. Al parecer, nuestro pensamiento estaba en otro lugar. Poco probamos del primer plato y lo mismo pasó con el segundo. Además, entre plato y plato, pocas palabras salieron de nuestra boca. Desde luego, ninguna referente al tema importante de nuestra reunión. Fue en el postre cuando Lidia rompió esa especie de mutismo que nos acompañaba.
     -¿Puedo hacerte una pregunta?
    -Por supuesto -le respondí.
     -¿Hay alguna tercera persona persona entre vosotros? 
   ¿Qué pregunta...? Bien podía decirle quien era esa tercera persona que había influido para que mi unión con Lorena comenzara a resquebrajarse. Como también decirle quien era la persona que se dignó a besarme, después de que nuestros cuerpos, a ritmo de baile, estuvieran tan enlazados. El ver a esa misma persona frente a mí no ayudaba para no pensar que solo era ella la mujer que más me atraía y deseaba. No me atreví a tanto, pero contesté a su pregunta diciendo:
     -Lo cierto es que bien podía decirse que hay otra persona entre nosotros, pero no está físicamente, solo está mi mente. 
     -No te entiendo -por su gesto, era evidente que mis palabras la desconcertaron. 
     -Es muy fácil entender. Desde hace mucho tiempo hay una persona que ocupa mi pensamiento, pero solamente es así. No mantengo ninguna relación apasionada con ella. Aunque, en verdad, no es por falta de ganas.  
     -¿Y esa persona sabe de tu interés hacia ella?
     -Interés puse en su día para que lo llegara a saber, pero pudo mi cobardía y no me atreví a decírselo.
     Debí poner cara de amargura, porque sonriendo puso una de sus manos encima de las mías que tenía encima de la mesa y con cierto retintín me preguntó:
     -¿Y se puede saber quién era esa mujer en la que pusiste los ojos?
     Tener su mano sobre la mía era como si recibiese una corriente eléctrica y me invitase a no marear más la perdiz, así que dije abiertamente:
     -Tú.
    Retiró su mano como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se echó hacia atrás hasta que su espalda choco con el respaldo de  su silla, y con cara de asombro, exclamó:
     -¡Yo…!
    -Si tú, tu eres la mujer en la que siempre he puesto mis ojos desde que llegué a conocerte.
     -Pero Joaquín, ¿qué estás diciendo?, ¿me estás tomando el pelo?
     Al ver su cara llena de estupor quise quitar importancia a mis palabras diciéndole.
     -No te estoy tomando el pelo, pero olvídalo Lidia, no debería haberte dicho esto.
     -¿Cómo lo voy a olvidar?, y si es verdad lo que dices, fuiste un completo idiota por no decírmelo en su día.
     En esos momentos el que estaba pasmado era yo ante lo que me decía Lidia, quería entender lo que expresaba, pero necesitaba me lo confirmase.
     -¿No me digas que tú…? -no me dejó terminar.
     -Si, Joaquín, yo también creía estar enamorada de ti, pero al no decirme nada y ver que tu interés estaba en Lorena, me resigné y acepté salir con Germán. Yo también fui una idiota.
     Era demasiado, mis manos buscaron las de ella y las apreté con  fuerza, pero no se quejó, a no ser que sus ojos se enrojecieran fruto del apresamiento. Pero no, más creía que eran de rabia al saber lo estúpidos que habíamos sido por no haber expresado lo que sentíamos el uno por el otro. Si ella se recriminaba también el haber idiota, por mi parte me hubiera dado de hostias por ser tan imbécil y no haber presentado batalla en su momento a Germán. No tuve valor y me derrumbé conociendo lo irresistible que era para las mujeres y más al decirme ese gilipollas que estaba muy interesado por Lidia y nadie se la iba a arrebatar.
     Un nuevo silencio se produjo entre nosotros. Nuestras bocas estaban enmudecidas y solo hablaban nuestras miradas. No sabía que pasaba por el pensamiento de Lidia en esos momentos, pero en el mío solo había una cosa clara: devolverle ese beso que me propició después de bailar con ella. Y lo hice. Me incorporé de la silla y mis labios se acercaron a los de ella. No fueron rechazados. También fue un beso breve. La postura en la que me encontraba, con la mesa de por medio, no era muy adecuada. Sirvió ese beso para demostrarle mi deseo de tenerla en mis brazos. No hubo muchas palabras, pero lo que sucedió después ni en sueños lo hubiera imaginado. Solo bastó una leve indicación al camarero, para de inmediato presentarnos en una de esas  estancias discretas que disponía el restaurante. Una habitación que me pareció hermosa y no por su decoración, sino porque en su entorno solo se percibía la dulce fragancia de Lidia.
    Allí estábamos, besándonos con una vehemencia inusitada como si nos fuera la vida en ello. Ese aposento sirvió y mucho, para poner de manifiesto lo que esa mujer significaba para mí y yo para ella. 
     Nos emborrachamos de amor, pero algo tenía que suceder para romper esos momentos mágicos y no fue otra cosa que el móvil de Lidia. La insistencia de su sonido hizo que se levantara del lecho donde nos encontrábamos y atendiese el teléfono. No llegó a contestar, pero por el cambio de semblante de Lidia, supuse que esa llamada le había importunado.  Además, las palabras con la que me obsequió después, era clara evidencia del malestar que le había producido.
     -Joaquín, -comenzó a decirme-, me has hecho sentir algo que parecía se me negaba, pero esto ha sido una locura y no debíamos haber llegado a esto. Intento culpar a mi marido por sus infidelidades y yo me dejo llevar por lo mismo
     A ver como me las apañaba para que Lidia no se culpara de haberse entregado a mí, porque si ella sentía haber sido infiel a su marido yo también lo había sido con mi mujer.
     -Lidia, esto nuestro no es una infidelidad, más bien hemos enmendado ese error de nuestro pasado. Bastante he lamentado el no tenerte durante estos años y si a ti, como dices, te ha pasado lo mismo, no debemos arrepentirnos. Los dos vamos a ser libres y solo debemos pensar en como afrontar juntos nuestro futuro.
     -No, no, Joaquín, no quiero ahora pensar en nada, ya tendremos tiempo, ahora déjame que asimile esto nuestro. No lo esperaba.  
     Si no lo esperaba ella, que decir de mí. Pero allí la tenía. Mis manos atenazaron sus mejillas y le miré fijamente a los ojos para después unir de nuevo mis labios a los suyos. Fue un beso lleno de ternura con el cual quería trasmitirle el amor descomunal y desbordante que sentía por ella. 
     Surtió efecto. Se abrazó a mí con fuerza para después volcarse a mí sin recelos. Era más de lo que anhelaba. Sus maneras tan depuradas, dulces y delicadas, acariciaban mi cuerpo al igual que yo correspondía de la misma manera. Desbordábamos amor por todos los poros de nuestra piel. No entendía como Germán, para bien mío, no había sabido complacer a esta mujer tan extraordinaria.
   Tremendamente exhaustos nos extendimos en la cama y nuestras manos se estrecharon con tal fuerza como si quisieran  quedar unidas para siempre.
     Hubo más encuentros clandestinos, mientras los trámites de separación de ambos se iban cumplimentando, en los cuales, con total franqueza, dábamos rienda suelta a todos nuestros deseos e inquietudes. Estaba escrito que éramos el uno para el otro. Desde luego, eran acompañados con esa entrega total de nuestros cuerpos.  
     Pero así como tomábamos el máximo de precauciones para que nadie sospechara ni supiera de nuestros clandestinos encuentros, hubo algo tan evidente que podía pasar, pero que no tuvimos en cuenta. Quedamos desconcertados y confusos ante ese inminente hecho.
     Y es que no era para menos. Me explicaré: todo iba sobre ruedas. Lidia, después de ponerse en manos del abogado que le indiqué, no iba a tener ningún problema para que le concediesen la guardia y custodia de su hijo. Y en mi caso, había llegado a un acuerdo con Lorena para compartir la custodia de nuestra niña hasta que esta tuviera doce años. Con esa edad ella podía decidir con quien quería vivir de forma más permanente.  Pero todo esto que tan bien se presentaba, se podía alterar.
     Una llamada por teléfono de Lidia diciéndome con voz temblorosa que precisaba verme con urgencia, me dejó algo preocupado. Preparé nuestro encuentro con la discreción a la que estábamos acostumbrados y la noticia que me dio no podía ser más problemática en esos momentos: “Joaquín, creo que estoy embarazada”. No necesitaba decirme quien era el causante de esa gestación. La total carencia de sexo con su marido me hacía ser el único responsable de ese embarazo.
     En otro momento no me hubiese podido dar mejor noticia, pero en las circunstancias que estábamos con nuestras respectivas parejas sobre la custodia de nuestros hijos, todo se podía ir al traste. Ese hijo querido por ambos, pero no deseado en ese momento, nos dejaría al descubierto. Se sabría que Lidia y yo  manteníamos relaciones  sexuales antes de conseguir las respectivas separaciones. Los jueces no dudarían en emitir un veredicto no muy favorable a nuestros intereses.
     Intenté calmar a Lidia ante lo que se nos avecinaba y le propuse mantenerse tranquila, de momento, hasta encontrar una posible salida. 
    Pasé unos días dándole vueltas al asunto, pero las soluciones que encontraba eran muy complicadas y difíciles de llevar a cabo.
     De nuevo la divina providencia  nos echó una mano. Una breve llamada telefónica de Lidia diciendo escuetamente: “falsa alarma”, acabó con esta incertidumbre y el temor a perder la tutela o custodia de nuestros hijos. 
     Bueno, pues esta historia llega a su fin. Antes decir que no fue fácil conseguir por entero nuestros propósitos, pero se han acercado bastante. Sobre todo en lo respecta a mi unión con Lidia.  
     Después de divorciarnos de nuestras respectivas parejas, no esperamos mucho tiempo para contraer matrimonio, pero antes  hubo que demostrar el no estar embarazada. Por lo visto había una ley antigua creada para evitar problemas paternales, el tener que esperar la mujer nueve meses para volver a casarse o en todo caso, presentar un certificado medico conforme no estaba encinta.
      El hecho de haber conseguido ser el cónyuge de Lidia ya es como para sentirse uno afortunado.  Desde luego, tener a ella como esposa colma todos mis deseos. Por descontado, existe entre nosotros una gran afinidad y completa armonía. Y qué les voy a  contar de nuestras relaciones íntimas...
     En lo relativo a nuestros hijos, mi adorable niña está con nosotros la mitad de cada mes y en cuanto al hijo de Lidia, voy ganando su confianza y recibiendo su afecto. Doy por seguro que no se convertirá en un Germán II. 
     Para remate, deciros que acabo de recibir en mi despacho una llamada telefónica de Lidia con la siguiente notificación: “Joaquín, estoy embarazada y ahora es seguro de no llegar a ser una falsa alarma. Me gustaría celebrarlo dónde tu y yo sabemos”. 

                               ________________

sábado, 18 de junio de 2016

EL PODER DE UN BESO

      
     Por probar, este relato ficticio lo envié al concurso de relatos escritos por personas mayores de la obra social de "la caixa", pero sin suerte. Otra vez será. De todas maneras, aquí lo tenéis para que lo leáis y, si os apetece, darme vuestra opinión sobre él. Como seréis muy complacientes, seguro que me diréis que el jurado de este concurso no ha sabido premiar a quien se lo merece.
                                        --------------------------

     ¿Quién no recuerda a lo largo de su vida, esa persona que por primera vez te causaba cierto hormigueo en el estómago cuando llegabas a verla y más si te acercabas a ella?  Pues bien, a mí todavía me resulta muy fácil poner cara y ojos a esa muchacha dulce, atractiva y encantadora por la que mi corazón latía con más fuerza solo con notar su presencia.

     ¿Qué si me gustaba Fátima? ¡Joder…! Pues claro que me gustaba. A mí, a todos mis amigos y a todo hijo de vecino que la viera. Estaba para comérsela: en pequeñas dosis o de un solo bocado. ¿Y cómo veía yo el poder ser el primero que le hincara el diente? Mal, muy mal. No estaba hecha la miel para la boca del asno. Se encontraba fuera de mi alcance y eso que vivía dos pisos por debajo del mío. Podía decirse que no tenía la planta necesaria para poder abordar a semejante belleza, pero no era el caso. El problema, no era ni más ni menos que Fátima picaba muy alto. Tan alto, que llegaba hasta el ático del edificio más emblemático del barrio. En él vivía Lucio, el hijo del dueño de ese inmueble y de bastantes más. ¿Quién podía competir con ese jodido gilipollas al que la bella y pretenciosa Fátima había puesto el ojo?

     Y es que lo tenía difícil si quería llevarme el gato al agua. Además, ese chulo de mierda, se vanagloriaba que tenía a Fátima en el bote, cuando ni siquiera había conseguido tocarla un dedo. Lo sabía yo y lo sabían todos mis amigos que para eso teníamos nuestras fuentes de información. La mejor de todas, la hermana gemela de uno de ellos. No se privaba de contar a su hermano todos los gustos y desvelos de sus amigas, entre ellas mi adorada Fátima. “Que si a Menchu le gustaba Raúl, que si Mari bebía los vientos por Miguel, que si Charo estaba loquita por Vicente…” ¿Y quién era el afortunado que estaba en el pensamiento de Fátima? Desde luego, no era yo. La suerte recaía en ese memo de Lucio. Y sí, no podía tener otro calificativo ese botarate. Mucha fachada y mucha chulería, pero nulo de intelecto. Se puede pensar que no era muy imparcial en catalogarlo y era la envidia la que me llevaba a etiquetarlo así. Aunque algo de eso había, no por ello dejaba de ser memo. A las pruebas me remito: por dos veces había tenido que repetir curso a lo largo del bachillerato y no sabía cómo podía estar compartiendo conmigo 2º curso de Bachiller Superior. Aunque no era mucho de extrañar; en algo tenía que valer la influencia de su padre con el profesorado y el deseo de que su hijo no saliera del instituto sin obtener la máxima titulación.

     Claro, que memo dejaba de serlo al salir de clase. Se convertía en el rey del mambo. Como moscardones tras la rica miel, acudían a él todos sus amigotes. No era para menos. Don dinero es muy poderoso y el simplón de Lucio lo tenía y lo hacía notar. Entre otras cosas, se podía permitir el lujo de organizar guateques y merendolas en una amplia terraza de su domicilio. Debía ser muy gratificante el piscolabis que obsequiaba, tanto a chicos como a chicas, y el poder escuchar, en ese ambiente, a los Beatles, los Brincos, los Sirex… y, cómo no, bailar al ritmo del twist o la Yenka; baile en boga en ese año de 1965. Digo debía ser gratificante, porque como os podéis imaginar, yo no estaba invitado a esas reuniones. No se podía decir que entre Lucio y yo hubiera buena armonía. Nos separaba un abismo y más sabiendo que las preferencias de Fátima estaban en su persona y no en la mía.

     Una tarde, saliendo de clase, me encaminé a reunirme con mis amigos, pero alguien se interpuso en mi camino. ¿Podéis imaginaros quién? Nada más y nada menos que Fátima y requería algo de mí. Raro…, raro… Pocas veces, por no decir ninguna, me había dirigido la palabra de forma tan directa y además, regalándome una bella sonrisa. ¿Qué quería para mostrarse tan amable?: ni más ni menos que formara parte de los actores que iban a representar una obra de teatro a final de curso. Los de la rama de letras, yo era de ciencias, habían formado un grupo para llevar a cabo un guion escrito por el profesor de literatura y necesitaban alguien en particular. Se trataba de una obra, tipo comedia, donde se representaba alguna de las andanzas del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. ¿Y qué les faltaba para recurrir a mí? El profesor había sugerido que debía encarnar ese papel un chico alto y delgado, y uno de los que reunía esas cualidades era yo. ¿Y en quién puso los ojos Fátima?, en el larguirucho y famélico vecino del cuarto. Acepté, claro que acepté y más sabiendo que el papel de la bella Dulcinea había recaído en ella. En quién si no.

     Me encontraba en una nube. Era yo y no otro el que iba a ser, aunque fuera en una obra de teatro, su amantísimo y valeroso hidalgo. El corazón se me iba a salir del pecho, pero claro, no podía ser otro que el memo de Lucio quien amargara mi gozo. Había visto mi animosa conversación mantenida con Fátima y enseguida se acercó a mí, arropado con esa cuadrilla de simplones amigotes, para dirigirme la palabra.

     -Tú, tipo listo –me dijo de forma chulesca-, no te hagas ilusiones y apuéstate lo que quieras a ver quien es el primero de los dos que llega a besarla.

     Le hubiera dado con gusto un mamporro, pero no tenía por qué medir mis fuerzas con él. Además, esos dos años que me pasaba en edad, se notaba. No en altura porque yo era más alto que él, pero mi delgadez era mucho más acusada y no se podía decir que saliera muy bien parado si llegáramos a las manos. Por si fuera poco, tenía alrededor a su panda. Me conformé con decirle de forma altiva:

     -¡Ya veremos!

     Una risotada es lo que produjo en Lucio mis palabras, pero ahí lo dejé. No merecía la pena gastar más tiempo con ese merluzo. Lo que me extrañaba era por qué sabía o intuía que yo estaba interesado por Fátima. ¿Tanto se me notaba? Nadie era conocedor de mi gusto por ella, pero pensándolo bien, era fácil que Lucio dedujera que yo pudiera estar interesado. ¿Quién del instituto no lo estaba?

      Ese “ya veremos” que dije a Lucio, no sabía por qué se me había ocurrido, pero me salió de dentro. ¿Qué se creía ese mequetrefe? Si a él y a sus padres les sobraba dinero para obtener lo que se les antojase, a mí me sobraba ingenio para desbaratar sus planes. Bueno, más bien los planes del hijo. A más no podían llegar mis propósitos. Algo se me ocurriría. Y tenía que ser pronto. Para todos que oyeron mis palabras, sonaron como una aceptación a su fanfarrona apuesta.

     Por de pronto, fui aceptado para el papel de don Quijote y de momento, formaba pareja con la dulce Dulcinea. La obra, en efecto, era una versión muy libre de las andanzas y desventuras de don Quijote. El profesor de literatura, además de ser el autor, se encargó de la dirección e hizo que no se extendiera demasiado en el tiempo. En cuarenta y cinco minutos quedaba finiquitada. Tampoco era muy compleja. Los textos eran sencillos y fáciles de memorizar. Lo más importante quedaba para el final. Dulcinea, tras ser rescatada de un villano por el intrépido y valeroso don Quijote, se acerca hacia él, y diciéndole: “¡Eres mi adorable hidalgo!”, le debe propinar un cálido y dulce beso.

     ¡Cómo esperaba poder ensayar ese final! Pero para nada recibí en los ensayos de la obra, ese cálido y dulce beso. Fátima aludió que no era necesario; me lo daría el día de la representación. Por si acaso me hacía ilusiones, matizó que sería en la mejilla.

     Eran otros tiempos. Si era difícil conseguir que una chica aceptase tu mano cuando te atrevías a tocársela en el cine, aprovechando la oscuridad, qué decir para obtener de ella un beso. ¿Quién lo lograba? Yo no entraba en esos. Tampoco lo había intentado ni me había surgido la ocasión. A lo sumo, puedo decir a mi favor que en mi primer intento de tocar la mano de una chica en el cine, no hubo rechazo. Lástima que no fuera la de Fátima.    

     Llegó el día esperado de la representación. Pocos minutos faltaban para salir a escena y los nervios de los actores estaban a flor de piel. Yo también tenía los míos, pero mi pensamiento se centraba en el final de la obra. Puedo decir que mis compañeros cumplieron bien con el papel encomendado y si hubo algún fallo no fue advertido por el público presente. Público, que llenaba por completo el salón de actos del instituto.

     ¿Y yo cómo me desenvolví? Bien, creo, pero a medida que se acercaba el final, me entraba un desasosiego que no lo podía aguantar. ¿Me atrevería a poner en práctica lo que tenía pensado? Y me atreví. ¡Vaya si me atreví! Tras las palabras de Dulcinea al intrépido y valeroso don Quijote, llegaba el momento cumbre: dar a su salvador ese cálido y dulce beso. Y ahí estaba yo, esperando que Dulcinea se alzara un poco para llegar su boca a la altura de mi mejilla y darme ese beso.

     ¡Prodigioso…! En lugar de recibir mi mejilla ese cálido y dulce beso, fue mi boca quien lo recibió. ¿Fue Fátima la que en un momento de euforia decidió cambiar el rumbo de su beso? Nada de eso. El giro repentino que hice dar a mi cara, fue el motivo para que sus labios se posaran en los míos. La sorpresa de Fátima fue mayúscula. Tardó en reaccionar, y mejor que no lo hubiera hecho, porque la bofetada que me arreó fue de aúpa. Salvo los intérpretes de la obra, nadie de los asistentes al acto vio el tremendo bofetón que recibí. El cierre del telón, por parte del director, fue muy oportuno. Eso sí, el público de las primeras filas bien pudo escuchar el claro sonido del formidable sopapo.

      Dolió, claro que dolió recibir semejante mamporro, pero la satisfacción de haber logrado mi propósito era tan grande, que paliaba totalmente ese dolor. Nadie podía decir que Fátima no se había besado con Pablo. Luego vendría si fue en contra de su voluntad o no, pero el hecho ahí quedaba. ¿Qué cara se le puso al simplón y memo de Lucio? Lo podéis imaginar. Él y los simplones amigotes, formaban parte del público presente y, como todos, pudieron ver la unión de los labios de Fátima con los míos. Además, el público se lo pasó pipa con la obra, prueba de ello, los aplausos y aclamaciones que recibimos obligándonos a salir de nuevo al escenario para saludar. Algún gracioso aprovechó para vociferar: ¡Que se besen otra vez Dulcinea y el Quijote! Para besos estaba Dulcinea. Si en esos momentos hubiera tenido en sus manos la espada del villano que la secuestró, seguro que me hubiera atravesado con ella.

     No me arrepentí, y sigo sin arrepentirme de haber osado ese día en poner mis labios en los de Fátima.
                                                       
                                           .………………..

      -¡Pablo, cariño! ¿Puedes dejar el ordenador y venir a la mesa?
     Es la voz de Fátima que requiere mi presencia en el comedor. Hoy nuestros nietos comparten nuestra mesa.     
                                                      
                                          _______________

miércoles, 18 de mayo de 2016

SIEMPRE CONMIGO



No voy a emular a Francisco Umbral diciendo: "Yo he venido aquí a hablar de mi libro"; pero como creo que nadie me puede impedir que escriba lo que me venga en gana, siempre con cierta prudencia, voy a recrearme escribiendo unas lineas de este, mi tercer libro. Y es que parece mentira... Me pongo a pensar, y quién me iba a decir a mí que me iba a meter en estos berenjenales, y más, estando jubilado. Pero bueno, de algo tiene que servir el apostillar este blog como "Jubilarse y rejuvenecer", aunque no soy tan ingenuo como para creer que los años no pasan en balde. En fin, que se le va a hacer, no podemos poner freno al paso del tiempo, pero podemos hacer con él algo que nos haga sentirnos vivos o por lo menos, creer que estamos presentes en este mundo. ¡Ya estoy divagando...! ¿Será la edad?
A lo que iba, que se me va el santo al cielo. ¿De qué va este tercer libro? Pues a eso vamos. Así como en el primero, "Luces de Barcelona" me ayudé con tintes algo biográficos y en el segundo, "Doble Causa", me resultó fácil desarrollar la trama en un pueblo de sobras bien conocido; en este tercero, "Siempre conmigo", no hay nada que me relacione con el personaje; ni en lo personal ni en población. Eso sí, he puesto en él toda mi imaginación y empeño para que resulte una historia entrañable y conmovedora, donde el protagonista pasa por una serie de vivencias increíbles y apasionantes. Y es que su vida no es sencilla: la perdida de su ser más querido a temprana edad, es el comienzo para que se vea envuelto en otro triste desenlace del que tiene que pagar las consecuencias. Afrontar este revés y otros que le van surgiendo, no le resulta fácil. El recuerdo permanente de la figura de su madre le ayuda para ir sobreponiéndose e intentar alcanzar su gran objetivo. Es esta constante evocación a ese ser tan querido lo que da pie para que esta novela tenga por título: "Siempre conmigo".




Bien, el libro ya está impreso y llega lo más complejo: ponerlo a disposición de los lectores que tengan a bien adquirirlo. Ya sé que las editoriales más prestigiosas desearían poder conseguir los derechos para su publicación, pero no les voy a dar ese gusto. No quiero que lo conviertan en el best seller más vendido del año. Alteraría mi ego y ya lo tengo lo suficientemente subido. Solo lo ofreceré a mis amistades y a personas afines. 
Y cómo la montaña no viene a mahoma, una posibilidad de dar a conocer el libro, aparte del boca a boca, es encontrar algún lugar adecuado donde presentarlo y como no, un buen recinto no podía ser otro que el Centro Cultural del barrio donde resido. 
Dicho y hecho. Desde aquí doy las gracias a este centro por dar su aprobación para realizar el evento y a todos los asistentes por honrarme con su presencia. 
Adjunto un montaje con fotos de la presentación, que un buen amigo ha tenido a bien realizar, en las que incluye algunas que estoy presente en la feria del libro de L'Hospitalet. Esta oportunidad de firmar libros en el día de Sant Jordi, me la brindó la alcaldesa de la ciudad. La tarde en la que presentaba mi libro, se personó en el Centro Cultural por otro motivo ajeno a la presentación, pero dio pie a saludarnos y ofrecerme la posibilidad de formar parte en el stand de las bibliotecas de L'Hospitalet y ahí estuve. Le agradezco sinceramente esta invitación, pero claro, necesitaba alguien importante, como yo, para dar mayor realce al stand y a la feria.






Pedanterías aparte, ¿qué me resta decir? Solamente una cosa: si no queréis perderos el poder pasar unos momentos emocionantes y conmovedores con su lectura, no dudéis en adquirirlo. Para ello, poneros en contacto conmigo y muy gustosamente os haré entrega del mismo con la consiguiente dedicatoria. 
Este es el correo al que os podéis dirigir: antonio.gil@hotmail.com

Saludos
Antonio

















sábado, 12 de marzo de 2016

¿Dónde nos quieren llevar?


   
     No llego a comprender, o sí, todo este circo que nos tienen montado todos estos políticos de baja monta.
     Me hace gracia, o más bien me cabrea, que nos tomen por imbéciles. ¿Si se les llena la boca de agua diciendo que buscan el bienestar de todos los ciudadanos, a qué esperan? Sean representantes de la derecha, izquierda, extremista o de cualquier otro signo, a la gran mayoría nos importa ya un carajo su tendencia. Lo único que deseamos es que se dejen de pamplinas, no mareen la perdiz y sea quien sea, se ponga en marcha, gobierne bien y administre mejor. Pero no solo para unos pocos, sino para todos.
     Muchos de nosotros hemos vivido ese tiempo en el que primaban nuestros ideales para elegir el partido que más estuviera de acorde con nuestro pensamiento, pero creo que muchos, o por lo menos yo, estamos desencantados de cómo han ejercido ese ganado poder político. Lo único que deseamos, ahora, es que los que gobiernen sean unos buenos profesionales que sepan dirigir el país con buen criterio y ni que decir, con total honradez.
     Hay otra cosa que me llama la atención de la política. Mucho oigo decir que estamos desbordados de políticos, que sobra el senado y también las diputaciones. ¿Y los miembros que llenan el congreso de los diputados? Ya me explicareis para que sirven 350 congresistas si todos siguen las directrices de su partido. ¿Para aplaudir las ocurrencias e ironías de su portavoz? Como se suele decir: “para ese viaje no se necesitan alforjas”. Creo que las decisiones a tomar con solo reunirse un representante de cada partido, llevando consigo la fuerza del porcentaje asignado por las urnas, ya es más que suficiente. Este diputado, o llámese como se quiera, que represente a su partido, sabe de antemano que debe defender, ante lo que se vaya a debatir, y que posibilidades tiene para que su alternativa sea la que prevalezca.
      

viernes, 18 de diciembre de 2015

EL MIRÓN




          Una de mis distracciones favoritas es ponerme frente al ordenador, visualizar el correo y dar un repaso por los distintos periódicos para ponerme al corriente de las noticias. Aunque desgraciadamente, poco varían de un día para otro. Estas, se repiten un día sí y otro también, como: un nuevo caso de corrupción; un horripilante ataque hiyadista; un político que se defiende con un “y tú más”; y no es que refieran al presidente en funciones de Catalunya, que esta es otra… En fin, a lo que voy, mi vista no suele perder detalle de todo lo que esa pantalla se digna a ofrecerme. Pero algo, en este hábito, cambió.

     Sí sigo sentado frente al ordenador, pero mi vista ya no está tan pendiente de la pantalla, va más allá. Y cuando digo más allá, me refiero a que traspasa la ventana de la habitación donde me encuentro y se centra en el edificio que tengo al otro lado de la calle. Una calle estrecha, por lo que es fácil visualizar las personas que lo habitan y sus movimientos, eso, si las ventanas de sus pisos no tienen echadas las cortinas, y más, si permanecen abiertas.  

     Pues bien, ¿por qué la pantalla del ordenador ya no es el centro de mis miradas?; porque es más interesante observar lo que acontece en ese edificio de enfrente. La interpretación de lo que veo, lo dejo al libre albedrío de mi mente. 

     Me he convertido en un simple mirón, para pasar en ciertos momentos a ser un auténtico voyeur. Este proceder, me recordó, en parte, a la película de Albert Hitchcotck “la ventana indiscreta”. Como podréis recordar, el protagonista (James Stewart), se ve obligado a permanecer en reposo, en una silla de ruedas, con una pierna escayolada. Para distraerse, se dedica a observar, desde la ventana de su apartamento, a las personas que ocupan las viviendas de enfrente. Su curiosidad llega a tal extremo, que se hace valer hasta de unos prismáticos para ampliar y acercar más los personajes a los que observa. No sigo con el comentario, por si alguien que no haya visto la película, tiene interés en visualizarla.  Solo mencionar que al igual que el protagonista, yo también me he hecho valer de unos prismáticos.

     El que ahora me haya centrado en observar el edificio de enfrente, no quiere decir que antes no hubiera echado alguna miradita a las gentes que lo habitaban, pero llegó a carecer de interés para mí. Unos niños que traían de cabeza a su madre, eso en el primero; en el segundo, una señora viuda, entrada en años, que se pasaba horas y horas frente al televisor; el tercero, llevaba tiempo sin habitar, por lo que la vista directamente pasaba al cuarto y este, era ocupado por un matrimonio de edad avanzada, cuyo comportamiento no difería del acostumbrado en cónyuges de esas edades. Desde mi posición, mi vista tenía acceso a ver de ese edificio, el salón y una habitación. Siempre y cuando, como digo, no tuvieran echadas las cortinas ni las persianas.

     Bien, como podéis imaginar, ante esta panorámica que apreciaba desde el cuarto piso, de los cinco que componían el bloque en el que yo habitaba, dejó claramente de ser un entretenimiento. No tenía ningún aliciente ir observando el comportamiento de esas personas, pero algo sucedió que hizo cambiar este criterio. Y eso ocurrió, al llegar a mis oídos el ruido de unas persianas. Ese día, tenía mi ventana completamente abierta y cualquier ruido externo muy bien podía llegar a escuchar.

     ¿Qué hizo acaparar mi atención? Simplemente ver quien era la persona que hizo levantar la persiana de ese tercer piso que tanto tiempo llevaba bajada. Mi curiosidad aumentó, cuando se abrió la puerta corredera del salón y ese alguien, se asomó al balcón. No era ni más ni menos que la figura de una mujer, y qué mujer. Francamente, sus formas estaban pero que muy bien definidas. Lucía un pantalón vaquero muy ajustado y una blusa bastante ceñida a su cuerpo. No le vi bien la cara ya que su mirada era dirigida hacia la calle, pero no aparentaba ser mayor, ni excesivamente joven. Calculé que tendría alrededor de los treinta y cinco años. No me dio tiempo para más, porque inmediatamente dejó el balcón para entrar en el piso. Todavía pude distinguirla algo más al subir la persiana de la habitación y abrir la ventana.  En esta ocasión no llego a asomarse. Simplemente dejó la ventana abierta y observé como abría una maleta colocada encima de la cama,  sacando la ropa que contenía e ir colocándola en el armario de la habitación.

     Esperaba la presencia de un hombre en ese piso, pero no se produjo. Ni ese día, ni en días sucesivos. Me extrañaba que esa mujer con un cuerpo tan espléndido y espectacular como el que tenía, careciera de visitas masculinas. De lo que no escaseaba era de mis miradas, hasta tal punto que recurrí a unos prismáticos que tenía guardados y casi olvidados, pero que aparecieron para poder contemplar mejor y más de cerca, a esa fascinante mujer.

     Y digo fascinante, por poner un apelativo, porque se le podía aplicar cualquier posible excelencia que a uno se le pudiera ocurrir. Había conseguido verla, a través de la ventana de su habitación, casi desnuda, por no decir totalmente. Bueno, bueno… Si vestida se vislumbraba que poseía un cuerpo envidiable, no os podéis imaginar sin ropa.

     Miraba y miraba a esa mujer, hasta el punto de llegar a ser obsesiva mi conducta y no digo nada de lo que pasaba por mi mente. Eso sí, procuraba que ella no advirtiese que la estuviera mirando, aunque algunas veces, veía como su vista se alzaba hacia nuestro edificio. Pensaba que no llegaba a  verme, y si así fuera, ¿qué pasaría?

     Siguiendo con mi acecho, un buen día que ella salió al balcón, como tantos otros días, sus ojos se dirigieron hacia mi bloque. Me pilló desprevenido y ese día, si no lo había advertido antes, estaba claro que vio como la observaba. Una agitación nerviosa me entró. Creí que ahí se acababa el placer de contemplarla y de dar rienda suelta a esos pensamientos indecorosos que invadían mi mente calenturienta. Pero lejos de mostrarse ofendida por fijar mis ojos en ella, una sonrisa apareció en su rostro y de su boca partieron unas palabras que no pude oír ni descifrar. Sí que pude advertir un gesto y, si no lo interpretaba mal, era una clara invitación para que fuera a su piso.

      No duró mucho la estancia de esa imponente mujer en el balcón. Enseguida se introdujo en el salón y a mí me dejó atónito y perplejo. ¿En verdad esa mujer, por la que suspiraba, me había incitado a acudir a sus aposentos?  

     Estuve un tiempo que no salía del asombro y desconcierto. No me lo podía creer. Mi mente parecía estallar y mi corazón latía con tal fuerza que daba la sensación de querer salirse del pecho. Pero, por lo que intuí, estaba todo muy claro. Debía lanzarme en picado y caer en los encantadores brazos de esa mujer.
     
     Estaba dispuesto a presentarme en ese alojamiento donde me esperaba un pedazo de cielo, por no decir el paraíso, pero antes, quise despedirme de haber sido un vulgar mirón. Para ello, debía rendir un homenaje a esos benditos ventanales, echándoles una última ojeada.

     ¡Coño! Fue la primera palabra que acudió a mi boca. Mis ojos se negaban a ver lo que sucedía en el salón de esa mujer, por la que mi cuerpo y mi mente se encontraban tan alterados. Fue como si se hubiera producido un cataclismo. Dos mujeres se encontraban abrazadas sin dejar de besarse y no precisamente en las mejillas. Sus labios se fundían en apasionados besos.
    
     Aprecié con claridad que una de ellas era la mujer por la que tanto suspiraba, ¿y quién era la otra? Eché mano a los prismáticos y, ¡mierda!, pude reconocer quien la acompañaba. Aparte de salir de mi boca la expresión referida, bastantes más improperios y maldiciones, escupí. Algunos, fueron dedicados a esas dos mujeres, pero el resto, y hubo muchos, los destiné hacia mi persona, por fisgón, gilipollas y tonto del culo.

     No era para menos. La intrusa que ocupaba ese lugar, por el que yo suspiraba hasta ese momento, era una persona conocida. Tan conocida que se trataba de la ocupante del piso superior al mío. Era ella, y solo ella, maldita sea, la destinataria de esas sonrisas, de esas palabras y de esos gestos. Sencillamente, no era otra que: “la lesbiana del quinto”.

                                  __________________
     
            
      

sábado, 10 de octubre de 2015

REGRESO


     
     Hola de nuevo, mis queridos lectores. Llevo más de dos años sin escribir una sola línea en este blog y va siendo hora que me digne ha seguir plasmando algún que otro escrito. Y como nunca es tarde si la dicha es buena, quiero narrar en él una serie de relatos cortos e imaginativos, que sirvan de entretenimiento para todo el que esté interesado en leerlos. El primero ya lo tengo casi a punto y en breve procederé a su publicación.

     Aprovechando esta entrada, me vais a permitir que haga mención a algo importante para mí, en lo que respecta a la escritura, y que llámese por vagancia o por cualquier otro motivo, el caso es que este hecho se quedó en el baúl de los recuerdos. Me refiero a la presentación, el año pasado,  de mi segundo libro “Doble Causa”. Tuve a bien presentarlo  tanto en el barrio donde vivo, Santa Eulalia, como en mi pueblo, Corella, y también en el pueblo de mi mujer, Cuellar. Fue una de esas vivencias que te llenan de satisfacción y desde aquí quiero dar de nuevo las gracias a todos los que me acompañaron en ese evento. 

     Gracias por asistir y gracias por adquirir el libro. Si además, su lectura,  ha servido para pasar un rato entretenido, doble motivo para estar más que satisfecho. 

        Saludos


   Presentación en el barrio de Santa Eulalia de L'Hospitalet              (Barcelona)      
     



Presentación en Corella (Navarra)




Presentación en Cuellar (Segovia)






    

jueves, 4 de julio de 2013

OBRA DE TEATRO



     Al fin llegó la representación

    Como había anunciado en mi anterior entrada, el seis de Junio el Centro Cultural Santa Eulalia tuvo a bien de acogernos para presentar la comedia que entre todos los compañeros pintores, hemos tenido el gusto de escenificar.
     Desde aquí aplaudir la voluntad y el esfuerzo que ha supuesto para todos los participantes en este evento, para conmemorar el 25 aniversario del colectivo de pintores de Santa Eulalia.
     Por mi parte, decir que ha sido una experiencia nueva en la que como guionista y director me daba la sensación que era para lo que había nacido. Si me lo hubiera propuesto antes, el Goya y el Oscar hubieran figurado en mi palmarés. 
     Bromas aparte, solo apuntar que no ha sido fácil el poder llevar a cabo la representación de la obra. Por una parte, debido a que los ensayos no se podían realizar en el escenario más adecuado. Solamente cuatro días pudimos disponer del escenario del Centro Cultural. Por otra parte, pocas veces hubo un ensayo con todos los componentes. Algunos de los integrantes debía de efectuar el papel del ausente y eso motivaba algún que otro despiste. 
     Pero bueno, la obra se llevó acabo y todos nos sentimos muy satisfechos de lo realizado. Como no, el nerviosismo estuvo presente y sobrevino algún que otro lapsus, pero que muy bien se supo solucionar.
     Enhorabuena mis queridos pintores convertidos en consumados actores. 

    Por si alguien quiere ver la obra de teatro y disfrutar, no tiene nada mas que pinchar en estos dos vídeos adjuntos, que un miembro del colectivo de pintores se dignó en inmortalizar. ¡Ah!, solamente decir para los no catalanoparlantes, que salvo las primeras frases, la comedia es en castellano.



Parte 1



Parte 2